esa vez quise recetarte un golpe directo en tus labios sabor de menta. quise ver tus dientes parejitos caer uno a uno implorando redención a mis fuertes nudillos. quise escupirte y tras un llanto flojo, pendejo y musitando piedad, sí de mi piedad, verte a los ojos con mi cara retadora y misericordiosa: -está bien, espero hayas aprendido la lección-.
nunca hemos tenido objeciones en decirnos la verdad, tus rizos eran tan perfectos que me gustaba sentirme chaparra para poder ver los brillos del sol en tus rulos castaños. eres alto y eras en este presente: mío. te has ido desde hace mucho y aunque te extraño, lo niego para poder seguir en esta vida acelerada sin ningún remordimiento viejo de banquetas centromejicanas.
-tú eres lo indecible, mi más!- repetía eso el aire cada vez que caminaba en inmensidades, cuando mi olfato agudo te buscaba en los brazos de un anciano, un joven saliendo de la universidad, un adulto de saco y corbata corriendo café en mano con una prontitud tremenda por llegar al trabajo. es chanel, el pinche olor a chanel que me dejaste impregnado en el alma, en los poros de mi cerebro, en mis heridas viejas que he remendado con pelos de gato. es un hecho, tengo adicciones cada vez más fuertes a los aromas, a recordarte cuando miro cucarachas en celo y ¿cómo no? a verte cada mañana frente al espejo al mirar mi barbilla. (tu barbilla parece nalga de escuincle, eres una prieta bien chula, verdad de dios!)
hasta hace unos días te creí muerto y feliz a la vez. me alegré al pensar que los árboles de fresa que algún día conjeturamos no eran ciertos, te acompañarían en una vereda fúnebre de un verde clorofila y un rojito carmesí. la música plácida, empeñada en recrear los sonidos que tus manos emitieron cuando fueron fuertes y decididas. envidié mucho a tus múltiples guitarras, debes saberlo, lo diestro que eras con cada arpegio y la dureza con que podías revolucionarme en una melodía. pero, pero sucede que no estás muerto. has aparecido de repente en cuentos de óleo y serpentina. te encontré anteayer entre tantos miedos. no te has ido, estás como virus portador, sin ocasionar estragos... silente y amable... un diamante adquirido a meses sin intereses, una gema que no pude terminar de pagar. recibos extraviados, servilletas, papeles sin sello. una acción de compra-venta donde los pagarés no fueron cumplidos y la joya solo se quedó en un monte de piedad a esperar, nomás a esperar.
hoy no digo que nunca querré estar en una subasta, que tal vez, si en algún momento quise romperte la jeta.... esta vez no lo dudaría. sería llana, calmada y serena... elegante como siempre he sido y sé te gusta. ajustaría mi mejor plomazo en acto de presunción hacia tus pies, te clavaría como estaca muy cerca mío para decirte lo que muchas veces no pude apalabrar(te). yo sí te amordazaría y haría que me vieras fijamente como aquella vez en aquel puente lleno de luz. dejaría que lloraras y recordaras que las coincidencias existen en este pedazo de tierra. te abrazaría sin blandengueces, te abrazaría con un miedo incremental, miedo desesperado por no volver a verte, te soltaría hasta que los olores volvieran a fusionarse por si decides odiarme tras haberte hecho sangrar...
la señora que vende tamales en la esquina me dijo en la mañana que le dieron un billete falso. sonreí cuando me dijo esa gran estupidez. -¿un billete falso doña susi?-, -sí mija, pinche gente jodedora-, -no doña susi, no somos “jodedores”, es que también nos han engañado-
mañana no creo pasar frente a la olla de atole y envoltorios en hojas de maíz. la señora me recuerda que no sé ganar subastas, que soy una ladrona de billetes falsos, que las joyas no están en un anafre, que cerca de tu casa había un mercado de tamales, que se me hace tarde para dormir mientras te pienso, que nuestros padres nunca nos pidieron, que tu estás en un míoacá y yo, colgada de un muro... en un tergal de óleo, dedicado, con plica y postfechado.