miércoles, 7 de julio de 2010

Sin tanta mecha

En las cantinas, nadie sabe guardar secretos. Eusebio, el cantinero de “El Despacho” siempre que me ve triste me cuenta la historia del viejito de la esquina, el que habla solo y cuando pide la quinta cerveza saca un reloj de cadenita y se pone a llorar. Cuando Eusebio me cuenta la historia de Donreloj, siento que inicia la invitación a que yo, con muchos tequilas derechos encima, desentumezca la lengua y le cuente lo muy profundo que me pesa estar sola y en estas condiciones. Eusebio sabe que es difícil sacarme plática y aprovecha de contarme más chismes cantineros sobre la señora que vende chicles y su romance con el viejito de buena percha que toca la guitarra los viernes por la noche. Siempre que Eusebio llega a esa historia, agregando y quitando personajes, mi lengua parece entender de paz y soltura. Le tomo la mano a Eusebio. Lo veo y me pierdo en sus ojos grises. Ésos, sus ojos llenos de tiempo. Lo miro y él me sonríe como si esa risita prometiera que habrá complicidad en lo que yo tenga que contarle. Le digo sin dejar de verlo, sin tanta mecha: “Don Shebo, si es que fue un remolino de plata o le adornaban dientes de oro, la verdad es que de eso, yo ya ni me recuerdo”.