domingo, 26 de junio de 2011

Misa en el pueblo

Los domingos amanecen tarde. Los domingos siempre despierto apresurada. Hoy no es la excepción. Tomo mi café con sus tres galletas marías, lavo mis dientes y acomodo a como puedo mi cabello. Ya ni veo el reloj. Observo a través de la ventana la cara de doña Eduwiges, la que con sus ojos cómplices me dice “ya llegamos tarde al por mi culpa, por mi gran culpa”. Me calzo las sandalias, salgo de casa y por las prisas tropiezo en los escalones del atrio de la iglesia. Me persigno mientras acomodo los olanes del vestido y guardo compostura. A lo lejos miro cómo con tus ojos cerrados arqueas la ceja como señal reprobatoria a mi retraso. Contemplo el entorno; las quedadas gemelas Castillo murmuran desde las bancas de enfrente; don Hipólito lee trastabillando la segunda mitad de la primera lectura; a los del coro se les reventaron las cuerdas de las dos guitarras y resuelven cantar el aleluya a capella; don Hipólito intenta darle teatralidad a su participación y lee con enjundia “Nacubadonusor” y tú, sin abrir los ojos, le susurras desde tu sillón de nogal “Na-bu-co-do-no-sor” , y yo sonrío, como varios feligreses, porque todos hemos pensado más de una vez que siempre duermes en vez de percatarte de nuestras carencias. Arqueas de nuevo la ceja porque las Castillo no se callan. Entreabres un ojo y miras a un joven del coro, y con un guiño le das a entender que no importa que no haya guitarras, la cantada, pues, es la cantada. Das lectura al evangelio con tus ojos cansados y yo contemplo tu pronunciación perfecta, las pausas que das a la comas y a los puntos, la diferencia que tú sí marcas entre la V y la B, al pronunciarlas. Y es que yo te imagino de chamaco, de seminarista. -Honor y gloria a ti, Señor Jesús- responden los feligreses a coro y yo no puse atención ni al evangelio por estarte oyendo e imaginándote. En el sermón nos hablas del amor que debemos proyectar al prójimo. Yo vuelvo a recrear tus tiempos de seminario con una túnica blanca y viajando por el mundo hablando muchos idiomas, que yo la verdad no entiendo. Me acuerdo de cuando hice mi primera comunión y me confesaste. Recuerdo que te dije que había pateado a un gato y que le había dicho mentiras a mi mamá. Me respondiste que las mentiras de los niños siempre eran pecados chiquitos que se pueden reparar portándonos bien en el futuro, pero que eso de patear gatos es algo grave porque ellos son animalitos que Dios ha puesto en la tierra para que los cuidemos. ¡Ah, cómo recuerdo haber llorado por haberle pegado a ese condenado gato! Me pusiste de penitencia rezar cinco avemarías y acariciar a todos los gatos que me encontrara por la calle.
Sonrío en plena misa, que por cierto, se me ha hecho tan corta por tantos recuerdos que revolotean en mi cabeza. Has dado la bendición y con tus ojos llenos de años nos despides. Me muevo hacia el patio de la iglesia para alcanzarte y me asombra que éste sigue igualito a aquel patio de los sábados llenos de niños en catecismo. Me acerco a tu oficina y te digo: Padre, ¿tiene tiempo para confesarme? Me respondes acercándote a la puerta acomodándote la sotana.
-Cuéntame ¿qué pasa, hija mía?
-Padre, ya no pateo gatos, ahora mi problema es que desde que regresé a Aconchi, de tantos recuerdos ya no puedo poner atención en misa.
Arqueas la ceja, entreabres los ojos y tras reconocerme tiras una carcajada y me dices: -Pinshi shamaca, ¿cuándo llegaste? Ven a ayudarme a darle croquetas a mis gatos mientras me cuentas cómo te ha ido.


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